Aquí está la moneda de hierro. Interroguemos
Las dos contrarias caras que séran la respuesta
De la terca demanda que nadie no se ha hecho:
¨Por qué precisa un hombre que una mujer lo quiera?
Miremos. En el orbe superior se entretejen
El firmamento cuádruple que sostiene el diluvio
Y las inalterables estrellas planetarias.
Adán, el joven padre, y el joven Paraíso.
La tarde y la mañana. Dios en cada criatura.
En ese labertino puro está tu reflejo.
Arrojemos de nuevo la moneda de hierro
Que es también un espejo mágico. Su reverso
Es nadie y nada y sombra y ceguera. Eso eres.
De hierro las dos caras labran un solo eco.
Tus manos y tu lengua son testigos inficles.
Dios es el inasible centro de la sortija.
No exalta ni condena. Hace algo más: olvida.
Calumniado de infama ¨por qué no han de querert ...
Eric McHenry
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This article originally appeared in The New Criterion, Volume 17 March 1999, on page 40
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